Racismo, el detonante de una crisis institucional en EE. UU.

La muerte de Floyd y las marchas han sido simplemente el detonante de un país ya estaba al borde de un estallido tras tres años y medio de una polémica presidencia de Donald Trump.

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Desde el asesinato del afroestadounidense George Floyd a manos de un policía blanco, el lunes de la semana pasada, el país ha descendido en un caótico espiral que se asemeja más al de un país de África u Oriente Próximo.

Decenas de ciudades de Estados Unidos se han visto presas por miles de manifestantes que protestan, a veces de manera violenta, por décadas de brutalidad policial enmarcada en una larga y dolorosa historia de racismo y segregación contra los afroestadounidenses.

Las protestas, además, han estado marcadas por la infiltración de elementos de la izquierda radical y de grupos de supremacismo blanco que mueven sus propias agendas, y por vándalos que aprovechan los disturbios para saquear almacenes y destruir lo que encuentren por delante.

Las imágenes han sido aterradoras: carros y edificios ardiendo mientras miles de uniformados reparten bolillo, balas de goma y gases lacrimógenos para tratar de restaurar la calma. Un sector reclamando el derecho a la protesta pacífica, mientras el otro pide mano dura para imponer la ley.
A lo largo de estos últimos 50 años, Estados Unidos se ha visto sacudido en múltiples ocasiones por eventos similares. Desde las manifestaciones que siguieron a la muerte de Martin Luther King, en 1968, hasta las protestas en Baltimore, Ferguson y Nueva York de hace un lustro.

Pero el contexto de la situación actual lo hace más delicado. Tanto, que muchos ya hablan de una verdadera crisis constitucional de impredecibles consecuencias. La muerte de Floyd y las marchas han sido simplemente el detonante.

De acuerdo con Robert Kagan, historiador del Council on Foreign Relations y muy asociado al Partido Republicano, el país ya estaba al borde de un estallido tras tres años y medio de una polémica presidencia de Donald Trump, que ha profundizado las divisiones que ya existían en la sociedad.

No solo en el plano político, sino en lo social. Y a eso, dice este experto, se le sumó la irrupción del coronavirus, que le ha costado la vida a más de 100.000 personas, y la peor crisis económica en 90 años.

El presidente Barack Obama tuvo que enfrentar uno de los peores momentos de tensiones raciales en años recientes. Pero la situación del país era muy diferente. A la cabeza está ahora un Trump que tiende hacia el autoritarismo y está luchando por su reelección en noviembre”, dice el experto.

Eso, sin duda, ha contribuido al momento que se vive. Luego de permanecer en silencio durante los primeros días de las protestas, el presidente desató una tormenta el lunes pasado cuando prometió que usaría a los militares para volver a imponer la “ley y el orden” en el país.

A su juicio, lo que se está dando equivale a una “insurrección” que lo autoriza a enviar tanques, helicópteros y soldados a las calles aun sin el consentimiento de los gobernadores. Algo rara vez visto en el país y que encendió las alarmas. En los últimos 100 años, esto solo ha sucedido un puñado de veces y no precisamente para lo que quiere Trump.

Los presidentes Dwight Eisenhower y John F. Kennedy utilizaron miembros de un batallón para defender los derechos civiles de los afroestadounidenses, y George W. Bush también las desplegó, en el 2005, para ayudar con los estragos que dejó el huracán Katrina.

El único caso similar es el de Bush padre, que las autorizó en abril de 1992 para controlar las protestas que estallaron en Los Ángeles tras las absolución de cuatro policías que habían dado una brutal paliza a otro afroestadounidense. Pero lo hizo por solicitud del gobernador de California.

Los demócratas, por supuesto, se fueron lanza en ristre contra Trump, advirtiendo que era inconstitucional reprimir el derecho a la protesta de los estadounidenses y, menos, usando militares.

Aunque un sector del Partido Republicano respaldó al presidente, muchos guardaron silencio y otros hasta lo cuestionaron. Por ejemplo, la senadora de Alaska Lisa Murkowski tomó distancia y dijo que ni siquiera sabía si votará por Trump en las elecciones.

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