¡Qué pesadilla! El enigma de la parálisis de sueño

Casi la mitad de la población ha sufrido o sufrirá uno de estos episodios alguna vez en su vida. Es una agonía breve pero terrorífica: el cuerpo está inmovilizado y las alucinaciones juegan malas pasadas.

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A quien le ocurre por primera vez lo recuerda toda su vida como un instante en el que estuvo convencido de que se moría. Se trata de un episodio terriblemente angustioso que ocurre entre la consciencia y la aparente inconsciencia.

La agonía, cronometrada con un reloj, no dura más de tres minutos. Pero, en la cabeza de quien la sufre, parecen horas. Algunos estudios afirman que casi la mitad de las personas la experimentan, al menos, una vez. Y es que, aunque dormir es imprescindible para la vida y la salud mental, cerca del 45 % de la población del globo lo hace poco o mal, según datos de la Asociación Mundial de la Medicina del Sueño.

Una de las alteraciones en este campo es la parálisis del sueño, que afecta a cinco de cada cien personas en España. Se encuentra, según la Clasificación Internacional de Trastornos del Sueño, dentro de las llamadas parasomnias, es decir, comportamientos o fenómenos anormales que aparecen cuando estamos dormidos. Ejemplos más conocidos pueden ser el sonambulismo y las pesadillas.

Película de miedo

Lo que más llama la atención de este tipo de episodios es lo vívidos que son. Así como somos capaces de reconocer cuándo hemos tenido una pesadilla, en la parálisis del sueño es imposible saber, la primera vez que nos pasa, que lo que estamos viviendo es producto de nuestra mente. 

Podemos percibir con total nitidez elementos tales como siluetas de personas o voces que susurran nuestro nombre. Es más, en numerosas ocasiones, podemos, incluso, notar que una mano nos toca, nos oprime el pecho o nos agarra del cuello. Todo acompañado de una sensación de angustia que muchos relacionan, sin dudarlo, con la muerte.

“La primera vez que me pasó tenía veinte años; estaba en segundo de carrera”, recuerda Javier Barco, que actualmente es periodista deportivo. “Fue una mañana y estábamos en exámenes, en marzo o abril. De repente, me desperté. Había oscuridad, pero veía perfectamente la habitación”.

Estos son los primeros instantes en los que este joven del sur de Madrid recuerda su primera experiencia. “Pensé que estaba despierto. La sensación de estar inmovilizado vino después. Me di cuenta de que no me podía mover”. Fue entonces cuando comenzaron las alucinaciones:

“Al mirar hacia la pared, vi una especie de sombra muy reconocible, parecida a Slenderman, pero sin los brazos. Se veían perfectamente la cabeza, los hombros anchos y un cuerpo que caía hacia abajo. Hasta llegué a identificar unos puntitos en sus ojos, de color rojo”.

Barco reconoce que aquellos fueron los minutos más agónicos de su vida. “El tiempo que la sombra permaneció mirándome mientras yo intentaba moverme sin éxito me pareció una eternidad. De repente, se empezó a acercar muy lentamente y, cuando ya estaba a unos dos metros, se abalanzó rápidamente sobre mí hasta meterse en mi cuerpo. Empecé a sentir que pesaba mucho más —asegura Barco—. Asumí que había muerto”.

Voces salidas de ninguna parte

Fue justo después de aquel instante de resignación, cuando el cuerpo de Barco empezó poco a poco a recobrar su ligereza, hasta que consiguió mover un brazo. Cuenta que saltó de la cama pegando un brinco y se levantó empapado de sudor, sin entender muy bien qué había pasado. 

La experiencia de Barco es muy similar a la de la inmensa mayoría de los afectados por la parálisis del sueño. Como las que experimentó el joven, las alucinaciones pueden ser de diversos tipos. Alex Iranzo, neurólogo especializado en trastornos del sueño del Hospital Clínic de Barcelona, enumera tres clases: visuales, auditivas y táctiles.

Van desde ver una imagen o una persona hasta escuchar un ruido o alguien que te llama o sentir un hormigueo en todo el cuerpo. Además, hay un cuarto grupo, las sinestésicas, que son aquellas en las que el paciente siente que su cuerpo está flotando y puede verse a sí mismo en la cama.

Junto a este tipo de alucinaciones, la mayoría de los afectados experimentan dificultades respiratorias, presiones en el pecho, sofocos y sensación de asfixia. En cualquier caso, no dura más de tres minutos. ¿Y qué ocurre en el cerebro en ese brevísimo espacio de tiempo? Habrá que bucear en el limbo entre la consciencia y la inconsciencia, o mejor dicho, entre la fase de vigilia y la fase REM. Es, en este estado intermedio, donde aparecen los mayores terrores del ser humano.

“El sueño REM se caracteriza por que estás inmóvil y soñando. Cuando una persona tiene una parálisis del sueño, se encuentra en lo que llamamos un estado disociado, que no es ni despierto, ni dormido, ni en sueño REM —comenta Iranzo—.

Lo que les sucede a estos sujetos es que, en dichos episodios, el cerebro está despierto (puedes escuchar todo, aunque no lo puedes ver porque tienes los ojos cerrados), pero el cuerpo está paralizado porque está en fase REM”. En cuanto al origen de las alucinaciones –algo que genera gran ansiedad en el individuo–, se cree que son causadas por una disfunción neuroquímica durante el sueño REM, la última fase del descanso, donde se producen los sueños más lúcidos.

Por otra parte, una de las características de este trastorno es que le puede pasar a cualquiera. No hace falta haber padecido ninguna otra alteración previa, ni tener unas condiciones específicas, si bien existe cierta predisposición genética. En efecto, normalmente les pasa a varias personas dentro de una misma familia.

Pensar en un estímulo positivo

En general, las causas pueden venir por hábitos cotidianos como horarios de sueño irregulares, dormir boca arriba, recurrir constantemente al uso de estimulantes, ingerir alcohol y tener cansancio físico, estrés o jet lag. Según un estudio publicado en 2010, incluso puede afectar el consumo de galantamina, un suplemento para pacientes con alzhéimer.

De todas maneras, se produce de forma aislada, al menos una vez en la vida del 40 % a 50 % de la población. Los casos crónicos son más raros y se registran en un 3 % a un 6 % de las personas. La cifra sube hasta un 40 % en los pacientes con narcolepsia, que padecen parálisis del sueño como uno de sus síntomas.

El tratamiento es, en la mayoría de los casos, inexistente. Los médicos suelen recomendar cambios en los hábitos del sueño, pero rara vez prescriben un medicamento. “A mis pacientes les digo que deben tener tranquilidad, aguantar y saber que pasará”, comenta el doctor Iranzo. En casos muy puntuales, sí que se aplican tratamientos médicos, con fármacos inhibidores de la acetilcolina. 

Este neurotransmisor, cuando es producido en exceso por el cerebro, es, en última instancia, la razón de que se produzcan los ataques. El especialista asegura que se trata de medicamentos “muy efectivos”, no solo porque se reducen la frecuencia y la intensidad, sino porque además consiguen que, de producirse otro episodio, “sea más breve y menos angustioso”.

En la otra cara de la moneda, algunos investigadores proponen tomar conciencia directa durante la parálisis para minimizar sus efectos. Uno de los estudios más recientes en esta dirección data de 2016 y fue presentado por Baland Jalal, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Cambridge.

Jalal considera que, además de modificar los hábitos del sueño y ser consciente del trastorno, el paciente debe tomar el control durante los ataques, mediante la concentración en un estímulo positivo con el que esté emocionalmente comprometido, como un recuerdo, una persona o una canción.

Historias de novela

La dolencia tiene un componente cultural importante, muy presente en la literatura. Podemos encontrar referencias en libros tan famosos como Oliver Twist (1838), Moby Dick (1851) y Los hermanos Karamazov (1881). Además, se le han dado diferentes nombres en distintos países, como la opresión del fantasma, en China; subírsele a uno el muerto, en México; y la bruja ha cabalgado sobre mí, en Jamaica.

En general, se ha creído que era de todo menos un trastorno. Desde posesiones demoniacas a abducciones extraterrestres. Pero no van por ahí los tiros: los médicos no recomiendan para nada ponerse a interpretar las alucinaciones. Al fin y al cabo, y a pesar de que parecen muy reales, no son más que sueños. Información extraída de muyinteresante.es

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